Era un día cualquiera cuando decidí llevar a casa un pequeño gatito que había encontrado en la calle. Su pelaje suave y sus grandes ojos curiosos me hicieron sentir que no podía dejarlo atrás. Lo metí en un transportín, emocionado por presentarle a mi gata, la reina indiscutible de la casa. Al llegar, noté que la atmósfera cambió. Mi gata blanca, que siempre había sido la dueña del hogar, me miró con desdén. Sus ojos se estrecharon y, en un instante, el ambiente se tornó tenso. Al abrir el transportín, el pequeño gatito salió, pero en lugar de ser recibido con alegría, fue recibido con un bufido aterrador. Mi gata, sintiéndose amenazada, no dudó en mostrar su descontento. Bufaba y se erguía, mostrando su autoridad. Intenté calmarla, pero eso solo pareció intensificar su enojo. En un arrebato de defensa, me arañó la mano cuando traté de acariciarla, como si me dijera: "¡No te atrevas a traicionar mi reino!" El pequeño gatito, asustado por la feroz actitud de la reina, se e...
Era una cálida tarde de verano cuando Lucia se sentó junto a su abuela en el porche de la casa familiar. Lucía adoraba pasar tiempo con su abuela y escuchar las historias llenas de sabiduría que ella compartía. "Abuela, ¿me puedes contar otra historia?", preguntó Lucía con ojos brillantes. La abuela sonrió y comenzó a relatar: "Hace muchos años, cuando yo era una niña como tú, tuve una amiga muy especial. Su nombre era María y desde que nos conocimos en el primer día de escuela, fuimos inseparables. Jugábamos juntas en el patio, compartíamos nuestros almuerzos y pasábamos horas conversando sobre nuestros sueños e ilusiones." "Un día, cuando teníamos 10 años, María se mudó a otra ciudad con su familia. Recuerdo lo triste que me sentí al despedirme de ella en la estación de trenes. Pensé que nuestra amistad había llegado a su fin." "Pero, Lucía, te voy a contar un secreto. Aunque María ya no estaba físicamente conmigo, nuestro lazo de amistad permaneció...